Donald Trump exige a Nicolás Maduro que le devuelva "sus tierras" y "su petróleo", mientras la respuesta de Maduro —y del pueblo venezolano— es clara: esas riquezas siempre han sido de Venezuela.
Pero si realmente fueran "suyas", ¿cuál sería entonces la causa de sus amenazas? ¿Por qué nunca acudió a los tribunales internacionales competentes? La razón es simple: ni Trump ni sus asesores pueden demostrar que Estados Unidos es propietario de aquello que afirman. No existe base jurídica para sostenerlo.
Esta situación recuerda a lo ocurrido en China hace dos siglos, cuando la Inglaterra imperial reclamó al gobierno chino por la destrucción de los almacenes de opio que los contrabandistas usaban como moneda de cambio para llevar a Europa los productos chinos. Para que Inglaterra pudiera exigir compensación, los narcos de la época tuvieron que transferir formalmente la propiedad del opio a la Corona británica. Solo así Londres pudo presentar la destrucción como un "daño al patrimonio imperial".
En el caso venezolano, ninguna empresa petrolera ha traspasado sus activos —ni reales ni supuestos— al gobierno estadounidense. Y no lo harán. Están acostumbradas a otra estrategia: usar a los políticos para presionar a los Estados que no ceden a sus pretensiones, especialmente cuando buscan modificar concesiones o condiciones contractuales que no les favorecen.
Por eso, este reclamo de que Venezuela debe "devolver" tierras y petróleo no es más que una narrativa construida entre transnacionales y el gobierno de turno en la Casa Blanca. Es la misma política de siempre: intimidación, sobornos y amenazas de intervención militar para proteger intereses privados que no pueden imponerse por la vía legal.
El despliegue bélico apunta a lo de siempre: provocar un incidente que justifique un ataque "en defensa propia", para luego presentarse como los agredidos que vienen "en son de paz", aunque lleguen armados hasta los dientes.
Felipe Torrealba / Criterio
Dicembre 24, 2025