La guerra de intereses, escritos sobre papel mojado


La guerra de intereses, escritos sobre papel mojado

Felipe Torrealba Marzo 4, 2926


      La frase atribuida a Lord Palmerston —"Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; solo intereses permanentes"— conserva una vigencia inquietante. Lo que fue una observación sobre la diplomacia británica del siglo XIX se ha convertido en la brújula que orienta a sus herederos en la América anglosajona. Y en estos días turbulentos, esa lógica vuelve a mostrarse sin máscaras.

El TIAR: un pacto que murió en Malvinas

      El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca nació en 1947 como un compromiso hemisférico: un ataque contra uno sería un ataque contra todos. Pero su muerte política ocurrió en 1982, cuando Estados Unidos apoyó al Reino Unido —una potencia extrahemisférica— en la guerra de las Malvinas, dejando a Argentina sola frente a su adversario. Desde entonces, el TIAR quedó reducido a un instrumento simbólico, invocado ocasionalmente para presionar a gobiernos incómodos, como Venezuela, pero incapaz de sostener acciones reales.

      La incapacidad de activar el tratado contrastó con la facilidad con la que Estados Unidos actuó unilateralmente el 3 de enero de 2026, sin consenso regional ni respaldo institucional. El hemisferio, una vez más, fue espectador.

El fin del petrodólar y el reacomodo del tablero

      En 1974, Washington y Riad sellaron un acuerdo que marcaría medio siglo de hegemonía financiera: Arabia Saudita vendería su petróleo exclusivamente en dólares a cambio de protección militar y reinversión en bonos del Tesoro. Ese pacto, columna vertebral del sistema del petrodólar, no fue renovado en 2024. Con ello, Arabia Saudita quedó libre para comerciar en múltiples monedas, debilitando uno de los pilares del orden económico global.

      Dos años después, Estados Unidos se ve arrastrado a un conflicto con Irán, impulsado por décadas de presión israelí para impedir el desarrollo nuclear persa. Durante casi treinta años, Israel insistió en foros internacionales en la necesidad de un "ataque preventivo". En 2026 encontró un contexto propicio: un presidente estadounidense debilitado por escándalos y un primer ministro israelí cercado por causas judiciales que encontró en la guerra un salvavidas político.

Un ataque sin declaración y un resultado inesperado

      El golpe preventivo contra la cúpula iraní se ejecutó sin aviso, sin declaración formal de guerra y sin autorización del Congreso. Pero lo que se presentó como una operación quirúrgica derivó en un escenario impredecible. Las primeras informaciones hablan de bases estadounidenses destruidas y de la paralización de la vida cotidiana en países que albergan instalaciones militares de Estados Unidos.

Aun sin claridad sobre el alcance real de la respuesta iraní, ya se discuten planes para una invasión terrestre. La ausencia de control legislativo plantea una inquietud mayor: ¿qué poder opera por encima de la Constitución estadounidense, permitiendo acciones militares sin el debido proceso?

La pregunta que Estados Unidos evita hacerse

    En el fondo, emerge una interrogante que la política estadounidense ha preferido esquivar:

¿Debe Estados Unidos pelear las guerras que sus aliados impulsan contra sus propios adversarios?

      En una nación fundada sobre la división de poderes, ¿en qué momento la opinión pública dejó de importar? ¿Cómo se justifica que decisiones de guerra se tomen sin debate, sin autorización y sin transparencia, justo cuando el presidente enfrenta cuestionamientos legales y políticos de gran magnitud?

      La historia enseña que los imperios no caen por enemigos externos, sino por la erosión interna de sus propios principios. Y cuando los intereses de aliados se imponen sobre los mecanismos democráticos, la pregunta ya no es geopolítica, sino constitucional.

 

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